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A LUZ DE LOS ÁNGELES

Era la nochebuena, las tiendas del pueblo se hallaban repletas de gente, todos compraban para celebrar el feliz acontecimiento, el murmullo de la gente cantando y bailando llegaba hasta las afueras del pueblo, donde había una pequeña casita toda blanca de la nieve caída.



El valle cubierto de blanco y en el silencio de la noche, una alma alejada de la vida humana, esperaba su hora sin el consuelo de nadie, este era el viejo Bernabé hombre muy anciano y muy sufrido, que descansaba en medio del valle, en una pequeña casita que tenia para él solo.

Siempre deseo vivir en la soledad, pero como tenia un corazón de oro, procuraba remediar a los que podía y muchas veces decía, que el hombre era muy ingrato y sin sentimientos pues tan solo lo querían para su provecho: Pero un día llegó lo inesperado para él, su paso de los mortales a un mundo mejor de paz y de luz.

Ocurrió en esa nochebuena cuando todos disfrutaban bailando y riendo, celebrando el nacimiento del hijo de Dios, el alma del pobre viejo marchó en busca de un descanso y más amor.

A partir de aquella noche un resplandor de luz brillaba permanentemente en el interior de la casa, era como una espesa niebla blanca que la envolvía era como una señal del cielo.

Las ventanas permanecían cerradas y todo el viandante que por aquellos lugares pasaba le llamaba la atención observar aquel extraño resplandor, dando parte de lo que allí ocurría.

Las autoridades del pueblo, se desplazaron al lugar de los hechos a examinar la casa, grande fue el asombro cuando se encontraron al viejo tendido en la cama como si durmiera.

Siendo que hacia unas horas que había fallecido, el pueblo silenció sus cánticos y corrió a presenciar lo sucedido, todos sorprendidos lamentaron su perdida.

Encima de la mesa encontraron una carta en la que decía que todo cuanto poseía fuera entregado a la gente del campo que era la mas necesitada, el dinero lo encontraron en un pequeño cofre.

Las flores se marchitan, pero a veces suelen dejar grandes semillas repartidas para que otros las recojan, así lo hizo el bueno de Bernabé.
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Álvaro Peiró Ibáñez